domingo, 30 de junio de 2013

BRASIL-ESPAÑA, UN VIAJE DE 63 AÑOS AL PASADO Y SUS DIFERENCIAS CON EL PRESENTE.

Por Sergio Castillo Olivares.

La Copa Mundial de 1950 en Brasil, fue el contexto. El escenario: Maracaná. La instancia: semifinales. El duelo: Brasil contra España. Sesenta y tres años después, la historia vuelve a reeditar el encuentro. Las condiciones políticas, sociales y económicas, pero sobre todo deportivas, ahora son totalmente distintas.
Aquella época, significaba un periodo coyuntural de la historia brasileña. Se acercaba el fin del gobierno de Eurico Gaspar Dutra, quien provenía de las esferas castrenses. Dutra fue el sucesor de José Linhares, presidente impuesto por la junta militar que perpetró el Golpe de Estado, que a su vez derrocó a Getúlio Vargas. Vargas fue el impulsor del populismo en aquel país y precursor de una nación centralista desde la nueva capital: Brasilia. La economía giraba alrededor de un corporativismo sindical, cuya carta fuerte fue la producción de café y la explotación del oro. El gobierno de Dutra echó abajo esta política y fomentó los postulados liberales. Derrochó los capitales de inversión extranjera, especialmente norteamericana, y acabó con los focos comunistas en Brasil, ganándose la animadversión del bloque soviético. Durante su ejercicio, se decidió la sede mundialista, misma que contó con el apoyo de los gobiernos latinoamericanos. Curiosamente, la política brasileña comenzaba a dirimir algunas fricciones diplomáticas con la España Franquista, provenientes de la Resolución ONU 39-I de 1946, que condenaba al franquismo. Tales relaciones, serían retomadas con el regreso de Getúlio Vargas al poder, meses posteriores al Mundial. Aquel 13 de julio de 1950, Río de Janeiro estaba convertido en un verdadero carnaval y la política, o las deficiencias económicas no importaban. Los comercios, bancos  y oficinas cerraron sus puertas y la sociedad se volcó en torno a Maracaná. Las vallas policiales resultaban insuficientes ante la avalancha humana que atiborró las gradas del mítico estadio, con cerca de 200,000 espectadores. El pueblo brasileño estaba completamente unido ante una sola causa: su selección. Ahora la división social en aquella nación resulta bastante evidente y para muchos, la selección pasa a segundo término. La sociedad brasileña de entonces, quizá no estaba concientizada, y el futbol representaba un instrumento de alienación. No obstante, el Mundial de la postguerra resultó un espectáculo verosímil. Ese día, el equipo español alineaba con Ramallets, como arquero; Alonso, Parra y Gonzalvo II en la retaguardia; Gonzalvo III y Puchades en la línea media; Basora, Igoa, Panizo y Gaínza en el ataque. Aquel equipo era férreamente defensivo y tosco, de ahí el mote de “La Furia Roja”. Brasil, por su parte, alineaba a Barbosa en el arco; Augusto, Juvenal y Bauer en la defensa; Danilo y Bigode en el mediocampo, y sus vertiginosos y letales cinco hombres de ataque: Ademir, Chico, Friaca, Zizinho y Jair.
Desde un inicio, los embates amazónicos fueron electrizantes. Encontraron rápidamente el marco hispano, cuando la combinación de  Jair, Ademir y Chico, logró romper el cerco rojo, a tan sólo 16 minutos de juego transcurridos. Fue necesaria la ayuda de un rebote en las piernas de Parra, quien desestabilizó la posición del arquero Ramallets, tras el disparo de Ademir. No pasaron más de cinco minutos, cuando el segundo tanto vio las redes por conducto de Jair. En esta ocasión, Ramallets tocó el balón, luego de un tiro potentísimo que le dobló las manos y se incrustó en el arco. Aquello era una sinfonía de toques, paredes y elegancia, que construían un alegre futbol brasileño, casi con el estilo que hoy día caracteriza a los españoles. Antes de culminar la primera parte, la desbordada afición carioca  gritó explosivamente un gol más, obra de Chico.
Mermados por el ambiente ensordecedor y el pesado clima tropical, los españoles buscaron olvidarse de su táctica defensiva y contraatacaron, por conducto de su línea ofensiva, con avances esporádicos de Zarra, Gainza y Basora. Sin embargo, se olvidaron de su zaga y dejaron al descubierto importantes huecos defensivos. En cambio, el empuje brasileño parecía incesante gracias a la buena condición física de sus jugadores, quienes siguieron atacando insistentemente y aprovecharon las debilidades de la defensa roja, hasta lograr el cuarto tanto gracias a Chico. Dos minutos después y tras doce transcurridos de la parte complementaria, en una descolgada por la banda izquierda, Brasil logró el quinto gol, luego de un espectacular centro de Chico y un remate de cabeza seco y limpio por parte de Ademir. Zizinho coronó el encuentro con una sexta anotación tras otro centro, ahora de Friaca. Ya con el encuentro definido, el equipo amazónico decidió bajar los brazos y disminuir el esfuerzo. Esta ventaja fue aprovechada por el ala derecha española, desde donde se originó el servicio que Igoa remató para marcar el gol de la honra. Así se definió el encuentro y Brasil accedió a la final de aquella IV Copa Mundial.
En resumen, las circunstancias eran contrarias a lo que hoy vemos, empezando por la sociedad brasileña en conjunto. En cuanto a lo futbolístico, los parados tácticos eran muy desequilibrados y se cargaba una responsabilidad casi absurda a la línea delantera. Aquel equipo español, difería radicalmente del actual. Ahora, el cuadro ibérico es exponencialmente más propositivo y espectacular, con dos genios de la media cancha como Xavi e Iniesta, motores del funcionamiento de la escuadra roja. El Brasil actual, aunque también ofensivo, ataca con un futbol más individual que colectivo, pero de cierta manera, efectivo. La debilidad es su defensiva y se confía en demasía de lo que pueda hacer Neymar, un futbolista muy intermitente. En comparación con aquel 1950, hoy día, los papeles parecen cambiados, pues la semifinal fue Brasil-España y la final, Brasil-Uruguay. Ahora las llaves se dan en sentido contrario y todo supone que España tiene la sartén por el mango. Pero el fútbol es de 90 minutos y las cosas pueden cambiar radicalmente en ese lapso. Esperemos que el partido actual se vislumbre como un encuentro increíble, de poder a poder, y sobre todo, más parejo que el de hace 63 años. Que el balón ruede y que el fútbol, nos deje otra gran huella en la historia deportiva.